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VÍNCULO

En esta sección, celebramos el encuentro de dos culturas que descubrieron, casi sin darse cuenta, que hablaban el mismo idioma del corazón. No estamos hablando solo de tratados o industrias, sino de ese hilo invisible, pero irrompible que ha unido hogares desde hace decadas en La Romana y en Puerto Rico.

Más allá de las chimeneas del ingenio, la esencia compartida de nuestras islas late con fuerza en escenarios sagrados: el estadio, la cocina y la genealogia. No se pudo separar la trayectoria de una pelota que vuela entre Ponce y La Romana, ni el vapor de un sancocho que se funde con el toque del achiote puertorriqueño. Aquí, el deporte y la gastronomía no son solo pasatiempos, sino las hebras con las que hemos tejido una familia binacional que celebra la vida bajo las mismas reglas y con los mismos sabores. ¡Pasa adelante y descubre cómo el juego y el gusto nos han hecho una sola nación caribeña!

 

Deporte: El béisbol como lenguaje común

Si existe un lenguaje que no requiere traducción entre un ponceño y un romanense, es el chasquido de un bate de madera golpeando una pelota de cuero. El béisbol en La Romana no es simplemente un deporte; es el tejido conectivo que une los bateyes de la República Dominicana con los estadios de Puerto Rico. Esta pasión compartida se gestó en los claros de los cañaverales, donde los trabajadores utilizaban palos de caña y pelotas hechas de trapo para emular a sus héroes. La industrialización azucarera trajo consigo el béisbol organizado, ya que las compañías, buscando una forma de canalizar la energía de sus empleados y fomentar la lealtad corporativa, construyeron campos de juego en cada batey principal.

El béisbol sirvió como una herramienta de integración social sin precedentes. En el diamante, el color de la piel o el lugar de nacimiento quedaban en segundo plano ante la habilidad para capturar una línea o correr las bases. Muchos de los primeros instructores y árbitros en La Romana fueron puertorriqueños que ya tenían una larga tradición beisbolera en ciudades como Ponce y Mayagüez. Este intercambio de talentos y conocimientos técnicos fue constante a través del Canal de la Mona, creando un corredor de peloteros que transitaban entre las ligas invernales de ambos países. Para el trabajador del Central Romana, el béisbol era la "válvula de escape" de la dura zafra, una esperanza de ascenso social que compartía con sus hermanos boricuas.

Hoy en día, el legado de esta conexión deportiva se manifiesta en la excelencia de los peloteros de la región Este, muchos de los cuales tienen raíces familiares que cruzan el canal. El programa deportivo del Central Romana sigue siendo un pilar de la comunidad, manteniendo estadios y apoyando ligas infantiles que son la cantera de las Grandes Ligas. El béisbol en La Romana es, en última instancia, una celebración de la agilidad y el ingenio caribeño, una coreografía colectiva que recuerda que, sin importar las fronteras, los habitantes de estas dos islas juegan bajo las mismas reglas y con el mismo sueño de gloria.

Sabor a Dos Islas: Nuestra gastronomía migrante

La mesa de La Romana es un palimpsesto de sabores donde la frontera entre lo dominicano y lo puertorriqueño se disuelve en el aroma del sofrito y el coco. La gastronomía migrante es, quizás, la forma más íntima en que se ha manifestado el ADN compartido de estas dos islas. El mofongo, plato emblemático de Puerto Rico con raíces africanas, encontró en La Romana un terreno fértil para su evolución. Aunque el dominicano ya conocía el mangú, la técnica puertorriqueña de freír el plátano verde y majarlo con ajo, chicharrón y aceite de oliva en un pilón de madera aportó una textura y un sabor que fueron adoptados con entusiasmo por los comensales locales.

Por otro lado, los pasteles de hoja representan la síntesis perfecta de la despensa caribeña compartida. Mientras que en Puerto Rico se conocen simplemente como "pasteles" y son el centro de la mesa navideña, en La Romana han adquirido una personalidad propia, mezclando la técnica de la masa de viandas (plátano, yautía, auyama) con los rellenos y sazones típicos de la República Dominicana. Este intercambio de recetas no fue unidireccional; los dulces de almíbar, las mermeladas de guayaba y los postres basados en la melaza de Central Romana también viajaron de regreso a Puerto Rico en las maletas de los trabajadores, influyendo en la repostería de los pueblos costeros boricuas.

La cocina es una forma de "hacer patria" y construir memoria colectiva. En los hogares de La Romana, es común encontrar una fusión de sabores que delata el origen binacional de las familias: un arroz con habichuelas que lleva el toque de achiote puertorriqueño, o unas alcapurrias que se sirven junto a un sancocho dominicano. Esta integración culinaria ha sido potenciada por la presencia de cocineros y "chefs de batey" que han sabido mantener vivas las tradiciones de sus ancestros mientras se adaptaban a los productos locales. El sabor de estas dos islas no es solo un placer sensorial, sino un testimonio de la resiliencia de una cultura que ha sabido nutrirse de la diversidad para crear algo nuevo y profundamente caribeño. 

Árbol de la Caña: Genealogía y apellidos boricuas en La Romana

La genealogía de La Romana es un bosque frondoso cuyas raíces se hunden profundamente en el suelo de Puerto Rico. Durante la expansión de la South Porto Rico Sugar Co., el flujo de profesionales, técnicos y colonos puertorriqueños hacia la República Dominicana no fue un evento transitorio, sino una migración de asentamiento que transformó el registro civil de la región este. Apellidos que son pilares de la sociedad en Ponce, Mayagüez y Guánica, como Rivera, Morales, Ortiz, Santiago, Martínez y Cintrón, se convirtieron en nombres comunes en los registros de La Romana, entrelazándose con las familias locales para crear una nueva aristocracia del azúcar y una clase trabajadora binacional.

Este "Árbol de la Caña" no solo representa la herencia biológica, sino también la transferencia de valores y una cosmovisión compartida. Muchas familias dominicanas de La Romana hoy pueden rastrear sus orígenes hasta algún abuelo que cruzó el canal como químico azucarero o como operario ferroviario en los años dorados de "El Papagayo". Esta conexión genealógica ha mantenido vivos los lazos afectivos entre las dos islas; no es raro que los romanenses mantengan comunicación con parientes en Puerto Rico o que viajen a la isla vecina para rastrear sus raíces en los archivos eclesiásticos de los pueblos del sur. La caña de azúcar fue el catalizador que permitió que estos apellidos florecieran en una nueva tierra, sin perder la esencia de su origen.

La influencia de estos apellidos se extiende a todos los ámbitos de la vida pública. Desde la dirección del Central Romana, donde ejecutivos de origen puertorriqueño han jugado roles clave en la modernización de la empresa, hasta la política, la educación y las artes. El "Árbol de la Caña" es un símbolo de estabilidad y crecimiento; sus ramas se extienden sobre el Canal de la Mona, recordándonos que la identidad de La Romana es una síntesis vital, un injerto exitoso que ha dado como fruto una sociedad abierta, diversa y orgullosa de su herencia compartida. En cada apellido boricua que resuena en las calles de La Romana, hay una historia de valentía, de búsqueda de progreso y de un amor profundo por este rincón del Caribe que se convirtió en hogar.

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